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Algunas de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar desde los instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus “Disquisiciones tangueras”- “Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas” (1).
José Luis Baltar Pumar, presidente de la diputación de Orense, se refirió en 1998 al sentimiento de los gallegos emigrantes: “Los gallegos han colaborado en la realización de la Argentina, pero nunca se han olvidado de su madre patria, cuando podría existir un sentimiento de rencor por no haberles dado la posibilidad de progresar en su lugar de nacimiento. Ellos saben que si Galicia no les ha dado oportunidades es porque no ha podido” (2).
En el sitio “Asturias en la emigración”, Luciano Méndez Muslera enumera los motivos que llevaron a los asturianos a emigrar; habla de la imitación e inculcación, la salida de los hidalgos segundones y gente acomodada, los “ganchos” o agentes de los armadores, la evasión del reclutamiento militar, y los motivos económicos o de población (3). Estos motivos, aunque con variantes, pueden aplicarse a ciudadanos gallegos, pero es necesario agregar otro: los dramas personales –los cuales, aunque mínimamente, también fueron causa de emigración.

Notas
(1) Cirigliano, Gustavo: “Disquisiciones tangueras”, en El Tiempo, Azul, 30 de septiembre de 2001.
(2) Estévez, Paula: “Buenos Aires es nuestra 5° provincia de ultramar”, en La Prensa, 7 de noviembre de 1998.
(3) Méndez Muslera, Luciano: “Asturias en la emigración”, www.telepolis.com.

Guerras, persecuciones

Leopoldo Díaz, en el poema “Tierra prometida”, expresa: “¡América! te anuncia el nuevo día/ en que el arte y la ciencia te den gloria./ Serás del pensamiento la victoria,/ no la victoria de la guerra impía.// La voz del porvenir es la voz mía;/ mi palabra augural no es ilusoria;/ hecha de luz y lágrimas tu historia/ habla en mí con fervor de profecía.// El viejo mundo se desploma y cruje... El odio, entre la sombra acecha y ruge.../ Una angustia mortal tiene la vida...// Y como leve arena que alza el viento,/ a ti vendrán el paria y el hambriento/ soñando con la Tierra Prometida” (1).
La política aparece reiteradamente como motivo de emigración. La Guerra Civil fue el motivo para que muchos españoles emigraran, entre ellos, el gallego Arturo Cuadrado Moure, pasajero del Massilia, quien recuerda ese trance: “En el año 1936 sube Franco, aquella tremenda traición en donde los hombres tuvieron que matar a los hombres. Surge la famosa guerra civil que duró tres años y donde han muerto casi dos millones de españoles. Nosotros, el ejército republicano, que dominábamos Madrid, Valencia y Barcelona, no teníamos fuerzas, teníamos la canción y teníamos a América” (2).
Con respecto a lo que acontecía en España -relata Ema Wolf-, en América, las opiniones estaban divididas: “En 1896 se creó la Asociación Patriótica Española. Organizó una bolsa de trabajo, se ocupó de repatriar a los que carecían de medios para hacerlo y colocó comisarios en los barcos para que controlaran las condiciones en que se hacían las travesías. Pero el motivo de su fundación fue la guerra entre España y Cuba”.
“A mediados de la década del ’90 la nutrida colonia hispana se conmovió al saber que cobraba fuerza en Cuba la lucha por la independencia, debido a la acción de José Martí y los grupos de patriotas. La Asociación promovió colectas para ayudar a la nación en guerra y a los soldados que se batían lejos de la patria. Las opiniones, sin embargo, no eran unánimes. Dentro de la colectividad había quienes apoyaban la causa cubana. A los gritos de ‘¡Viva España!’ y ‘¡Viva Martí!’ se trenzaban los dos bandos en las veredas de la Avenida de Mayo, y en una oportunidad volaron como proyectiles las sillas y mesas del café Tortoni. Cuarenta años más tarde, cuando la Guerra Civil partió a España en dos, se enfrentaron en el mismo escenario franquistas y republicanos. Nada de lo que sucedía allá resultaba indiferente a esta especie de sucursal de la península”.
“Al ser bombardeado en la bahía de La Habana el acorazado Maine, de la marina de los Estados Unidos, esta potencia encontró un pretexto para intervenir en Cuba e iniciar acciones contra España que, debilitada, ya no pudo defenderse. Los españoles en la Argentina manifestaron su indignación en mítines callejeros agitando banderas amarillas y rojas. Con festivales y suscripciones, la Asociación Patriótica logró reunir fondos para adquirir un buque de guerra, el crucero Río de la Plata, que donó a la armada de su país. Pero el enemigo ya era otro y muy dispares las fuerzas. España resignó su colonia, que no hizo sino cambiar de mano” (3).
Los españoles inmigrantes se organizaron para ayudar a sus compatriotas en guerra. Lo cuenta Manuel Castro: “Durante los años de la guerra civil, Dopazo y sus músicos, entre los que se encontraban sus hijos, eran llamados para recaudar fondos para la Madre Patria. Los del bando nacional lo hacían por medio de Lola Membrives en el Teatro Avenida y los republicanos en el Luna Park” (4).
Helvio Botana escribe en sus memorias: “mi padre convirtió la guerra española en problema argentino, pues así se lo tomó... Por influjo de Crítica nuestra población tomó partido a favor o en contra de Franco. Así fue, en toda la República una beligerancia polémica nos invadió. Y como en toda guerra, hubo hechos notables y ridículos, abnegados y aprovechados. El ‘no te metás’ desapareció. La Argentina vibró y se vivió pasionalmente un suceso que fue nuestro” (5).
Rodolfo Alonso recuerda que en el medio en el que él vivía “se hablaba de lo que ocurría en el mundo –y en el mundo ocurrían nada menos que la guerra civil española y el nazismo- o en nuestro propio país, este último vivido más bien a nivel de realidad cotidiana, y no sin reflejos del anterior” (6).
Gladys Onega evoca en Cuando el tiempo era otro, un conflicto bélico relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar” (7).
Llorarían asimismo los padres de María Rosa Lojo, autora de Canción perdida en Buenos Aires al Oeste -novela premiada por el Fondo Nacional de las Artes en 1986-, quien se define como “la primera generación argentina nacida de una pareja de exiliados durante la Guerra Civil” (8).
Antonio Gonzalo Soto Canalejo es recordado como el líder de la Patagonia Rebelde. “En 1936 cuando se declara la guerra civil en España Soto intenta ir a pelear por la República, pero su salud no se lo permite” (9).
En 1982, la guerra, que parecía tan lejana, tan europea, llegó a la Argentina. En Latas de cerveza en el Río de la Plata –novela de Jorge Stamadianos distinguida con el Premio Emecé 1994/95- aparece un padre gallego que oculta a su hijo, desertor en la Guerra de las Malvinas. Relata el protagonista: “Aunque no podía verle la cara al gallego porque me había quedado esperando en la planta baja, oía su voz retumbando a través de la escalera y me imaginaba la vena saltándole en la frente como una lombriz que no quiere subirse al anzuelo” (10).

Notas
1. Díaz, Leopoldo: “Tierra prometida”, en Cantan los pueblos americanos. Selección de Germán Berdiales; ilustraciones de David Cohen. Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1957.
2. S/F: “Esa magnífica legión de viejos”, en Revista Mayores, Año II, N° 11, 1994.
3. Wolf, Ema y Patriarca, Cristina: La gran inmigración. Buenos Aires, Sudamericana, 1991.
4. Castro, Manuel: “Manuel Dopazo”, en Viajero Celta, Buenos Aires, Año I N° 9, Julio de 1996.
5. Botana, Helvio: Memorias. Tras los dientes del perro. Buenos Aires, 1977.
6. Alonso, Rodolfo: Entrevista en Historia de la literatura argentina. Buenos Aires, CEAL, 1980. Vol. VI (Capítulo).
7. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
8. Lojo, María Rosa: Canción perdida en Buenos Aires al oeste. Buenos Aires, Torres Agüero, 1987.
9. S/F: “Antonio "Gallego" Soto Líder de la Patagonia Rebelde”, Información tomada del folleto distribuido en Buenos Aires, Santa Cruz y Punta Arenas, durante los homenajes a Antonio "Gallego" Soto con motivo del centenario de su nacimiento en octubre de 1997. Ferrol 1897 - Punta Arenas 1963. Versión galega: “O “gallego” Antonio Soto, líder da Patagonia Rebelde” - Lois Pérez Leira - Actualidade CGI Outubro 1/1999. Incluido en www.discepolo.org.ar.
10. Stamadianos, Jorge: Latas de cerveza en el Río de la Plata. Buenos Aires, Emecé, 1995. 229 pp.

El reclutamiento

Luciano Méndez Muslera menciona como motivo de emigración de los asturianos la evasión del reclutamiento militar: “el sistema de reclutamiento era de tiempos de Carlos III y consistía en tomar a un mozo de cada cinco de reemplazo (de ahí que se les defina con la palabra ‘quintos’ a los reclutas) quedando así vinculado a la tropa por un período de ocho años, aunque por diversas causas económicas del estado español en aquellos tiempos, se llegaron a conceder licencias temporales (preferentemente durante las cosechas)”.
Los españoles no estaban de acuerdo con esa reglamentación: “El sistema de ‘quintos’ fue muy contestado (motín 1773 Barcelona) y también fue rechazado por algunas localidades como Madrid, así como también por profesiones como licenciados, clérigos, maestros de escuela, etc”. Como en todo reglamento, siempre había excepciones: “el sorteo no se hacía con rigor y el quinto sorteado era sustituido por un pobre o vagabundo, si el médico no lo declaraba incapacitado. Esto dio lugar a que los más desamparados o sin influencia alguna fuesen al servicio militar”. Además, “en 1837 quedó establecido que se podía sustituir la obligación militar por una cantidad de dinero, (...) estas cantidades estaban muy por encima de las posibilidades de los campesinos asturianos”.
El período de reclutamiento, ya largo, se extendió décadas más tarde: “En el año 1885 se estableció también que la duración del servicio militar se fijara en doce años, desde la entrada en la caja de reclutas hasta el término de la segunda reserva”. Y se agrega una nueva alternativa: “También se crea la figura del sustituto, otra de las posibilidades de librarse del servicio militar; los quintos destinados en ultramar podían buscarse un sustituto, que debería ser de la misma zona, soltero o viudo sin hijos y sin sobrepasar los treinta y cinco años. Esto dio lugar a que los dueños de las caserías llegaran a amenazar a sus inquilinos con perder la casería que tenían en régimen de alquiler si uno de sus hijos no hacía el servicio militar en sustitución de un hijo del dueño de las fincas”. Recién en la segunda década del siglo XX deja de llevarse a cabo esa práctica: “Estas reglamentaciones siguieron en vigor hasta 1912 en que se suprimieron y aparecieron otras formas de servicio militar”.
No sólo la posibilidad de ser reclutados alarmaba a los jóvenes: “Esta larga duración era suficiente para animar a la emigración, pero a esto se añadían las guerras (Cuba, Filipinas, carlistas en España y otras guerras coloniales, sobre todo la de Marruecos que fue la que más alto grado de emigración produjo)” (1).
El gallego Francisco Coira llegó a la Argentina en 1925, “como vienen todos los inmigrantes, para buscar algo mejor... y en realidad, escapando del servicio militar, que se hacía en Africa...(...) lo que significaba, con las pestes, la guerra y todo, casi ir a morirse...” (2).
Encontramos en una novela una alusión a esta realidad. En Un dandy en la corte del rey Alfonso, María Esther de Miguel refiere a propósito de unas monedas, el motivo que llevó a su padre a emigrar y la situación económica en la que debió hacerlo: “todas habían pertenecido a mi papá, quien vino de España por no hacer la conscripción en Marruecos. Llegó con una mano atrás y otra adelante, en su maleta un mantón de mi abuela y... Y nada más. ¡Ah, sí: las monedas!” (3).

Notas
1 Méndez Muslera, Luciano: op.cit.
2 Ceratto, Virginia: “Gris de ausencia. Volver a empezar en un mundo nuevo”, en La Capital, Mar del Plata, 26 de noviembre de 2000.
3 Miguel, María Esther de: Un dandy en la corte del rey Alfonso. Buenos Aires, Planeta, 1999.

Hacer la América

“Es de tener en cuenta también los factores económicos –dice Méndez Muslera-; con la desamortización de Mendizábal se agrava la situación de los campesinos, al elevar los propietarios las rentas de las caserías, forzando a los campesinos a emigrar, a la vez que impedía también el que los colonos pudieran acometer mejoras en la explotación. (...) También el factor poblacional es de tener en cuenta, ya que en la segunda mitad del siglo XIX las altas tasas de fertilidad alcanzadas no permitían ofrecer tierras a los hijos a través de nuevas particiones de caserías por alcanzar éstas una extensión mínima. Esto añadido a la elevación de las rentas y de los impuestos forma otro pilar fundamental como causa de emigración” (1).
Para los gallegos de mi familia, había dos destinos: Buenos Aires y Cuba. Mi abuelo paterno y sus hermanos emigraron a Manzanillo; desde allí, mi abuelo se trasladó a Buenos Aires, mientras que sus hermanos quedaron en la isla.
Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo” (2).
Aucario Pérez Cartoy afirma: “-Vine por la desesperación. Mi padre era herrero y mi madre agricultora, y la verdad es que no había comida. Las papas las sacábamos antes de que maduraran, por el hambre” (3).
José Campos Barral manifiesta: “-Yo me siento gallego, y luego, si me queda un rato libre, soy español. Pero en el ’49, en España, se pasaba mucha miseria” (4).
Jesusa Pérez Iglesias se refiere a la falta de comida: “Yo me vine a los 18, para tratar de mandar dinero. Allá se pasaba hambre. Ibamos al matadero a buscar la sangre de la vaca. La hervíamos, la cortábamos en pedazos, si había aceite se freía y si no se comía hervida” (5).
Alberto Cortez escribe, a propósito de su canción “El abuelo”, acerca de la emigración de sus mayores: "De alguna manera esta canción que viene es una historia de ida y vuelta. ¿Por qué?, pues simplemente porque mi abuelo se fue de emigrante y después de casi una vida yo, su nieto mayor recorrí el camino de regreso, ese camino que él no pudo realizar a lo largo de su larga vida, a pesar de su inmensa nostalgia. Murió a los ochenta y algunos años. (...) La Argentina en aquellos años de principio de siglo era una esperanza que ofrecía amplios horizontes para los jóvenes con ganas de trabajar y hacer fortuna. Los hermanos García habían dejado España y especialmente Galicia ya que esta “sua terriña” natal no podía ofrecerles más que una vida azarosa bastante cercana a la miseria. (...)” (6).
En su libro Los abuelos gallegos en America, escribe Alberto Sarramone: “Todos conocemos gallegos que con el hatillo al hombro y una ilusion sin limite en el pecho, llegaron mas lejos que nadie, mas lejos en la distancia y tambien mas lejos en la intensidad, sin haberse propuesto otra cosa que hacer unos modestos ahorros con los que haber comprado de regreso a su aldea, la leira de millo, el campo de maiz que se veia desde su ventana” (7).

Notas
1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.
2 Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.
3 Guerriero, Leila: “Cuentos de gallegos”, en La Nación Revista, 17 de abril de 2005. Fotos: Martín Lucesole.
4 ibídem
5 ibídem
6 Cortez, Alberto: “El abuelo”, en www.albertocortez.com.ar. Reproducido en www.galespa.com.
7 Sarramone, Alberto: Los abuelos gallegos en America, citado por Rubén Servia.

Imitación, inculcación

“Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían” (1).
Muchas veces, los emigrantes prósperos no regresan, pero envían cuantiosas sumas para colaborar con el desarrollo de la región que los vio nacer. En las Aguafuertes gallegas, Roberto Arlt se refiere a don Gumersindo Busto, y los hermanos Juan y Jesús García Naveira, filántropos que hicieron obras con parte de la riqueza acumulada en América (2).

Notas
1 Riestra, Jorge: “Las voces de la ciudad”.
2 Arlt, Roberto: Aguafuertes gallegas. Buenos Aires, Ameghino, 1997.

Salida de los hidalgos segundones

“La salida de hidalgos segundones y gente acomodada cuando la emigración no era aún masiva, ha servido de apoyo a planteamientos como el que la emigración desde las provincias del norte de España excepto Galicia, no se debía a la falta de trabajo, ni a causa alguna física o económica, a diferencia de muchos levantinos que emigraban a causa de su miseria y que muchos emigrantes vascos, santanderinos y asturianos suelen llevar pequeños capitales y una formación cultural adecuada” (1). No he encontrado testimonios al respecto.

Notas
1 Méndez Muslera, Luciano: op. cit.

Los “ganchos” o agentes de los armadores

Estanislao Zeballos se refiere a los agentes en La rejión del trigo, obra de 1883. Allí leemos: “La palabra de los agentes y de los contratistas está desacreditada en Europa desde el siglo pasado. No solamente es ineficaz: no es siquiera oida” (1).
Por otra parte –afirma Alejo Peyret-, los potenciales emigrantes eran tentados con ofertas de otros países: “Necesitamos poblaciones que no solamente tengan la actividad física, la laboriosidad en grado relativamente superior, sino que sean también superiores intelectualmente y exentas de las preocupaciones de la superstición y del fanatismo. Para conseguir nuestro propósito sería menester mantener agentes permanentes en Europa, que no dejemos un momento sin llamar la atención sobre estas comarcas. Sería menester acudir a los periódicos, a las publicaciones baratas, a folletos, avisos, etc. Sería menester combatir por la prensa y la propaganda oral la acción de los enganchadores que trabajan para los Estados Unidos y para Brasil” (2).

Notas
1 Zeballos, Estanislao: La rejión del trigo. Madrid, Hyspamérica, 1984.
2 Vernaz, Celia: op. cit.

Dramas personales

Pero también hubo otros motivos que llevaron a quienes emigraron a tomar una decisión tan difícil.
El orensano Ramón Santamarina pierde, con pocas horas de diferencia, a su padre –que se suicidó- y a su madre, fallecida a causa de la trágica decisión de su marido. “Los tíos del niño Ramón –afirma Alberto Vilanova Rodríguez-, que no fueron capaces de acudir en su socorro, pero sí avergonzarse del inocente, pero pobre pariente, a pesar de que se había decidido a luchar por la vida, antes de lanzarse a la mendicidad, le agarraron y le depositaron en un orfanato, de donde muy pronto se fugó, ofreciéndose como grumete en un velero contrabandista que salía para Buenos Aires, con la decisión y energía que caracterizaron siempre su extraordinaria voluntad. En 1840, pues, ponía sus plantas en la Argentina, el país que con el correr de los años iba a ser testigo de sus virtudes y de su genio” (1).
La censura social impulsa allende el mar. En 1886 –escribe Claudio Savoia-, “zarpó el barco que sacaba de España al niño Manuel Miranda, alejado de su patra por su abuela para protegerlo –a él y a su madre- de la vergüenza de ser hijo natural” (2).
De su abuela dijo el periodista Vicente Muleiro: “Como decía Gila, mi abuela era una solterona... Tan solterona era doña Francisca Muleiro que a sus hijos les puso su apellido.(...) Murió cuando yo era un adolescente y se llevó el secreto de su infancia gallega y la íntima épica de su inmigración” (3).
Un gallego, en Frontera sur, huye de la ira de su suegro: “Primero tuve que escapar yo. Pasé un mes en el monte. Me buscaron con perros, decididos a matarme”. Vuelve a buscar a su novia, y se casan en Cádiz. En Barcelona muere la mujer, dejando a un hijo. “Desde el momento en que la enterré –dice el viudo-, me entregué a un único propósito: ganar dinero, porque con dinero se puede todo. Quería comprar mi vida y la tuya, mi libertad y la tuya, y regresar para vengarme, empezando por tu abuelo...” (4).
En La trama del pasado (5), de Cristina Bajo, “Una joven aristócrata, Ignacia Arias de Ulloa, abandona a su marido y huye con una criada llevándose muy poco: su estuche de esgrima, y el halcón preferido de aquél. Al llegar a la casa solariega de su madre se encuentra con que ésta ha decidido regresar a las provincias del Río de la Plata, su tierra de nacimiento, para ajustar viejas cuentas. Sin pensarlo, Ignacia se embarca con ella” (6).

Notas
1. Vilanova Rodríguez, Alberto: Los gallegos en la Argentina. Buenos Aires, Ediciones Galicia, 1966. Tomo II. Pág. 760. Premio de Historia en el Concurso Extraordinario de 1957, celebrado para conmemorar el cincuentenario de la fundación del Centro Gallego de Buenos Aires. Prólogo de Claudio Sánchez-Albornoz.
2. Savoia, Claudio: op. cit.
3. Muleiro, Vicente: “El mirador”, en Clarín, Buenos Aires, 27 de septiembre de 1998.
4. Vázquez-Rial, Horacio: op. cit
5. Bajo, Cristina: La trama del pasado. Buenos Aires, Sudamericana, 2006. 384 páginas (Biblioteca Cristina Bajo)
6. S/F: en www.edsudamericana.com.ar

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Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar.