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En Juvenilia, Miguel Cané se refiere a inmigrantes de ese origen:
“Recuerdo una revolución que pretendimos hacer contra don José M. Torres, vicerrector entonces y de quien más adelante hablaré, porque le debo mucho. La encabezábamos un joven Adolfo Calle, de Mendoza, y yo. Al salir de la mesa lanzamos gritos sediciosos contra la mala comida y la tiranía da Torres (!las escapadas habían concluido!) y otros motivos de queja análogos. Torres me hizo ordenar que me le presentara, y como el tribuno francés, a quien plagiaba inconscientemente, contesté que sólo cedería a la fuerza de las bayonetas. Un celador y dos robustos gallegos de la cocina se presentaron a prenderme, pero hubieron de retirarse con pérdida, porque mis compañeros, excitados, me cubrieron con sus cuerpos, haciendo descender sobre aquellos infelices una espesa nube de trompadas. El celador, que, como Jerjes, había presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando el a su vez a Lafayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución” (1).
En sus Memorias, Lucio V. Mansilla describe las condiciones en las que los gallegos realizaban el viaje hacia América: “El italiano no había comenzado aún su éxodo de inmigrante. De España, en general del Ferrol, de La Coruña, de Vigo sobre todo, sí llegaban muchos barcos de vela, rebosando de trabajadores, aprensados como sardinas (...) En cierto sentido eran como cargamento de esclavos” (2).
En 1992, el diario Crónica editó la colección Nuestro Siglo - Historia de la Argentina, dirigida por Félix Luna. En uno de esos volúmenes, titulado "El vigor de las colectividades 1914-1930", se incluyen fragmentos del Diario, inédito hasta entonces, de un gallego. El inmigrante escribe:
"De los cinco hermanos yo era el más chico, y allá en aquellas aldeas cuando se tienen tres años y pico ya hay que salir a llevar los chanchos al campo, cuando uno es más grande debe salir con las ovejas, luego sale con las vacas. El monte quedaba bastante retirado del pueblo; me acuerdo que cuando salía con las ovejas o los chanchos volvía a casa cuando ya era de noche. Pasaba todo el día con un pedazo de pan y otro de panceta, cuando llegaba la cosecha de castañas éstas se asaban y se comían con papas y maíz. Era por eso que en las cosechas no se pasaba hambre.
Con los 19 años de edad arribé a la Argentina; a esa edad en que los mozos gallegos se ven obligados a elegir un destino: por un lado la emigración, la gran aventura donde uno juega sus posibilidades y da rienda suelta a sus ansias; por el otro, la entrega de la propia vida a un poder central servil y omnipotente, como auténticos desheredados, muchas veces obligados a defender con las armas el bienestar o el acrecentamiento de los bienes materiales de los señoritos. Elegí la aventura, la misma aventura que habíamos sido obligados a acometer tantos paisanos y mis propios hermanos mayores. Emigré entonces a la Argentina. Algún tiempo después tambien vino mamá.
El barco que me trajo no era de lujo ni ofrecía mucha seguridad. Finalmente, y luego de un sin fin de peripecias, llegó al lugar de destino que fue la ciudad de Bahia Blanca. Desde esa ciudad al sur de Buenos Aires, y junto con los cinco primos que hicieron el viaje conmigo, viajamos en un tren que nos trajo a Constitución, en la Capital Federal. Llegamos allí sin un centavo, asombrados pero llenos de ilusiones. Era el dia 3 de junio del año 1911, a las diez de la mañana exactamente .
Si bien en esa época el trabajo no sobraba, no faltaba tampoco para un gallego dispuesto y voluntarioso. Luego de encontrar a los hermanos, volver a ver a los paisanos que habían venido anteriormente y comenzar a relacionarme con tantos otros que se hallaban en Buenos Aires, ciudad a la que Castelar llamó "la quinta provincia gallega", comenzó mi primer tarea. Mi hermano Antonio trabajaba con don Marcelino Gayol vaciando pozos negros con baldes y a esa tarea me agregué yo. Tenían un carro con tanque.
En el año 1914 fui a hacer una temporada en la cosecha, trasladándome con otros amigos y mi primo Pedro al pueblo de Baradero en la provincia de Buenos Aires. Ese era un trabajo que se realizaba por contrato y por temporada en el interior del pais, y una actividad que desarrollaban muchos paisanos aun no independizados económicamente.
En el año 1920 trabajé en el frigorífico La Negra, pero yo andaba en los movimientos de reivindicaciones obreras y quedé afuera tras la primera huelga, que por aquellos tiempos eran muy violentas e intervenia un organismo policíaco de represión, especializado y de a caballo, al que Ilamaban "Ios cosacos" que más que vigilantes nuestros eran como la guardia civil española.
Prácticamente había completado la formación que me acompañaría toda la vida. Agradecí siempre mucho a los hombres que fueron solidarios conmigo en aquella época y que tanto influyeron en mi vida, como don Benigno Vilanova, la primera mano tibia que encontré en eI pais, eI citado Rouco (dirigente socialista), que ennobleció mi vida, y don Gabriel López, tan generoso que, si algo de estudio tengo, confieso que se lo debo a él" (3).
Luis Varela, octavo de catorce hijos, recuerda en De Galicia a Buenos Aires: “En aquella época las familias gallegas eran casi todas así de numerosas, y como nuestros padres sólo nos enseñaban a labrar las tierras y luego, de mayores, no alcanzaban las tierras para todos, era habitual mandar a algunos para el convento, otros para curas, uno se quedaba en la casa con los padres y los demás veníamos para América. Muchas veces yo le reproché a mi padre por tener tantos hijos, porque habiendo nacido en la casa de un gran labrador, nos dejó a todos en la ruina. Y él me contestaba que si tuviera tres o cuatro, yo no hubiera nacido y la mejor riqueza sería no tener que luchar con un truhán como yo”.
“A la Argentina –señala en otro pasaje- no se podía emigrar sin un contrato de trabajo, pero se hacía responsable de nosotros mi tío José, hermano de mi madre, que nos estaba esperando en el puerto, acompañado de la hija, mi prima Norma, que lucía un gorrito de punto muy blanco, y con una sonrisa y un beso nos levantó un poco el ánimo, sintiéndonos ya amparados en casa de nuestra familia americana, mis tíos habían emigrado hacía ya 30 años y, por supuesto, los hijos eran criollos. (...) La habitación también estaba lista para los dos huéspedes. Dos camitas plegables entre la pila de cajones de cerveza en la cocina del bar, que era además depósito de mercadería. Desfilaban las cucarachas de 5 ó 6 en fondo, pero yo ya desfilare varias veces con otros bichos, y si bien estaba familiarizado con las pulgas, había que acostumbrarse a convivir con todo bicho viviente” (4).
Gladys Onega escribió Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa (5), convencida de que “todos tenemos derecho a escribir nuestra historia” (6).
Su historia se inicia en Acebal, provincia de Santa Fe, donde nace en 1930, y continúa en Rosario, ciudad a la que se mudan en 1939. Sus primeros años transcurren en el seno de una familia integrada por un gallego tan esforzado y ahorrativo como autoritario; una criolla apasionada por la hija mayor, la lectura y la costura; y dos hermanos, que acaparan la atención que la pequeña reclamará para sí. Junto a ellos encontramos la familia de la casa da pena –los gallegos que quedaron en su tierra-, los parientes gallegos que emigraron y los parientes criollos de la madre, y los inmigrantes –en su mayoría italianos- que viven en el pueblo.
“Todo parte de un hecho real –dijo en un reportaje-, pero hay ficción en cuanto hay una creación lingüística muy grande. Nunca junté papeles ni documentos, pero en mi casa todo el tiempo se estaban contando cosas. No había otra manera de conectarse con la gente de España; no los conocíamos. Sì hablè mucho con mi hermana y con mis primas, quienes me ayudaron a reconstruir todo. Todas estas cosas, igualmente, siempre estuvieron presentes en mì. Incluso digo, con muy poca caridad, que en la familia de mi madre eran ‘faltos’, porque no era que repetìan historias interesantes, sino que repetìan siempre las mismas. Y èstas, de cualquier modo, aunque no eran interesantes, se fueron fijando. Y del lado de los gallegos siempre contaban historias diferentes y muy amenas, y completamente extrañas sobre el viento, el frío, la nieve, y las contaban en todo el pueblo”.
El padre de Gladys Onega “Llegó solito, y cuando fue a la casa de su tío Agapito Vega, hermano menor de mi terrible abuela Carmen, esa noche lo pusieron a dormir en la cochera y no en la cama más blanda, como aquella que le reservaban siempre al tío Agapito en la casa da pena de Galicia”. La escritora se pregunta: “¿El tío que lo encandiló en Galicia con la ilusión de América fue el primero que empezó la destrucción de la ilusión?”.
Acerca de la abuela gallega de Gladys Onega, “contaban que cuando servía el caldo, los cachelos y las coles, al levantar el brazo en ademán inminente de servir la segunda vuelta, las más de las veces se detenía arrepentida y devolvía ese segundo cucharón intacto al pote; ella sabía que cada bocado de más que hartaba a su prole era un día que restaba para comprar o muiño velho e o prado d’arriba y escriturar la tierra que faltaba para unir los pequeños retazos del minifundio en una propiedad mayor”.
El inmigrante echaba de menos a su familia: “Ignoraba y lo ignoré por mucho tiempo cuánto había llorado desde aquel día en que se fue de junto al señor Manuel y la señora Carmen, sus padres, mis abuelos. (...) mi padre choraba por él y por sus padres que sí eran de Galicia, se habían quedado allí sin moverse, clavados en un cruceiro, secándose las lágrimas con un desmesurado pañuelo a cuadros orlado de negro quién sabe por qué luto de una muerte ya ocurrida o por el duelo de ellos mismos que morían viendo la partenza de sus hijos, debajo de un enorme paraguas también negro que los protegía de la chuvia que nunca había escampado desde el día en que mi padre dejó de ser de allá y se convirtió en extranjero aquí, en un mundo que no había visto”.
Una promesa hace viajar a su aldea al gallego Onega. Cuenta Gladys, su hija: “Cuando mi hermana tenía dos años mi padre decidió ir a Galicia en un viaje que él había prometido a sus padres en aquel día de la partenza y que ahora cumplía, para mostrarles que había hecho la América, en la medida en que América se lo había permitido y él la había podido. Mi madre no lo acompañó porque tenía miedo de enterrarse en una aldea que para ella estaba tan llena de peligros y de misterios como para mis abuelos aldeanos el lugar remoto donde ella había nacido y adonde había ido a parar su hijo. Y más miedo le daba vivir en la casa de su suegra, mi terrible abuela Carmen. Ya conocía historias de la señora da pena que, con justicia, no la alentaban a emprender ese viaje. Allá se fue papá a hacer las mejoras en su casa natal y allá se quedó dos años que mi madre aprovechó para pasar a su hija de la cuna a la cama matrimonial. Cuando volvió, José era un desconocido que sacó a la hijita de cuatro años de esa cama para acostarse él y para engendrar otra hija. A los nueve meses nací yo”.
Ya adulta, la escritora viaja a la tierra de sus mayores, y advierte que la Galicia de la añoranza de su padre era muy distinta de la real: “Cuando finalmente llegué a Galicia –escribe Gladys Onega- sólo reconocí y sólo recuerdo el olor ácido a estiércol y la moscas ennegreciendo los cuencos, de lo que nunca me había hablado. Los trabajos eran más aliviados, las penurias menos pesadas, y las nieblas tan vagorosas y pobladas de brujas temibles como las inventadas por los hermanos Grimm, que allí se llamaban as meigas”.
Los días de la infancia son descriptos con nostalgia y visión crítica. Las peleas entre los padres, los accesos de tos convulsa, las comidas inmigrantes y nativas, el aprendizaje de las primeras letras, los internados católicos para varones y mujeres, la tolerancia ante la conducta infantil y los castigos que imponía cada uno de los progenitores, son recordados por esta hija dècadas despuès.
Haberse casado con alguien con una historia distinta, puede volver difícil la convivencia: “otro dolor eran las peleas entre mis padres, y que además los chicos magnificábamos. Estaba el choque de culturas entre un gallego y una criolla que nunca pudo entender la cultura gallega”. No entendìa la cultura, pero la obligaron a cocinar comidas tìpicas: “Mi madre no sabía nada de la cocina gallega pero, ante nuestra insistencia, había aprendido a hacer fillohas, delgadísimos discos de harina y huevo cocinados en la sartén con una cucharadita de manteca, que comíamos espolvoreados con azúcar”.
Muchos inmigrantes no sabìan castellano, o querìan perfeccionarlo. Casi todos aprendían el idioma por las suyas, ayudándose algunos con el diccionario.
De uno de sus tíos dice Gladys Onega: “Claro es que Eliseo poca escuela tenía, era un autodidacta de aldea y de pueblo como todos los gallegos de mi familia, siempre tratando de pulirse con la lectura del diccionario y de los buenos diarios que a sus manos llegaban, sin desdeñar los más sensacionalistas, por eso de su afición a la grandilocuencia. (...) El Quijote y el diccionario educaron a ese autodidacta, quien los citaba con exactitud pero con exceso pues no había adquirido los moldes que impone la educación formal, por eso no calibraba el uso y abuso de los epítetos ni percibía la risa que provocaban en oyentes que no los habían leído o que ni siquiera tenían referencia de su existencia”.
Los avatares de la vida en la Argentina son el marco de la evocaciòn de esta familia integrante de la comunidad acebalense. El fraude político en Santa Fe es un episodio evocado con detenimiento, asì como la reacciòn de los inmigrantes italianos ante el fascismo, y la poca fortuna de quienes no habìan cumplido su sueño de “hacer la Amèrica”.
La finalización de los contratos ocasionaba que familias enteras se trasladaran en busca de otro campo para trabajar. En un viaje por Santa Fe, Gladys Onega y su padre ven a “los expulsados de la tierra”: “vimos un carrito del que tiraban una mujer y un hombre, cada uno de su vara; en ese carrito pequeño y angosto llevaban su casa. Allí habían cargado los muebles, los hierros de labranza, un baúl, atados de ropa y todavía cabía una cama donde unos chicos y la nona se amontonaban y se tapaban del sol con la colcha blanca de algodón ahora ennegrecido, que había formado parte del ajuar europeo y que tantas veces había visto en las casa de chacareros, atada por sus cuatro puntas al respaldo y a la piesera de hierro de la cama. Debajo de ese toldo trataban de salvarse del terrible castigo del sol y del bochorno de la tarde con el aire que debía soplar por los costados libres. Detrás del carrito venían unos muchachos que empujaban aliviando el esfuerzo de sus padres”.
Un conflicto bèlico es recordado en estas pàginas, relacionado con la vida cotidiana de los inmigrantes y sus hijos: “nunca he dudado de que la Guerra Civil también se libró en mi casa. El día del cumpleaños de mi hermana Chichita, el 17 de julio de 1936, Franco declaró el estado de guerra en las Canarias y ésa fue la señal para que el 18 se extendiera a toda España. El 1° de abril de 1939, a los veinte días de mudarnos a Rosario, terminó. En esos tres años, mientras yo estaba viva en Acebal, la mitad de España moría, muerta por la otra mitad. No sabíamos que había comenzado la matanza y ese día, como siempre, mis hermanos, mis primos y los chicos tomamos chocolate. Cuando hubo pasado tres años, Bebo, Chichita y yo supimos el día final porque entró Justo Vega y llorando lo dijo, ya no en mi casa natal sino en el departamento alquilado de Rosario donde vivíamos y yo, la niña que era entonces y hoy evoco, sé que sentí dolor por las lágrimas de Justo, por el silencio de mi padre y porque no pude aliviarlo con juegos en las calles del pueblo, que ya no estaban, y todavía yo no tenía con quién jugar”.
Desde la Argentina, durante la Guerra Civil, se enviaban encomiendas. Los Onega, como tantos otros inmigrantes “respondían con la acción: armaban, envolvían en lienzo, rotulaban con grueso tinta espesa, ataban con cuerdas, lacraban con sellos y aseguraban con sunchos los paquetes de ropas de abrigo y de alimentos que cruzaban el mar y quién sabe cuándo llegarían y si llegarían hasta a pena. La familia esperaba, y para protegerla acudían a Dios y al diablo”. Los niños participaban en los envíos: “Los chicos también éramos leales y creíamos que ayudábamos juntando papel plateado de cigarrillos, chocolate y chocolatines, que despegábamos del papel blanco que lleva adherido y con el que íbamos haciendo bolas de papel de plomo que mandábamos a Negrín para que hiciera las balas para la República”.
Hasta en los hechos mìnimos estaba presente el sufrimiento de los españoles en su tierra: “Después de haberme ofrecido el néctar, la leche y la miel, mi padre me alzaba y tomaba la posta en la continuación del rito nutricio; con él las acciones eran lentas y alentadoras, él no estaba agotado de cocinas y de chicos, venía de estar horas con hombres resolviendo problemas de hombres y con su hija menor le cundía la paciencia, que con el correr de las horas a mi madre se le había ido al diablo. Inflexible era sin embargo en darme de comer una cucharadita de sopa por los abuelos de España, otra por los abuelos de Melincué, otra por los huérfanos de la Guerra Civil, otra por el ángel de la guarda dulce compañía y por todos los personajes queridos y sagrados que se le ocurrían”.

Los hermanos Longueira, emigrados a Buenos Aires en la década de los cuarenta del siglo XX, serán los primeros hijos predilectos de la historia de Abegondo. Lo aseguró esta semana el propio alcalde de la localidad, José Antonio Santiso Miramontes, quien precisamente acaba de regresar de un viaje institucional al país austral. (…) Genaro Longueira fue condecorado con la Cruz de Caballero de la Orden del Mérito Civil, concedida por el rey Juan Carlos I. Recientemente fue distinguido con la medalla de la Hispanidad 2009.
(…) Genaro Longueira, autor del los libros de corte autobiográficoTestemuños dun neno y Testemuños dun home . A diferencia de su hermano, Genaro visita España casi con una periodicidad anual. «La visita del alcalde para nosotros es una sorpresa muy grande», explica Pedro, quien recuerda con nostalgia las fiestas de San Marcos, que este domingo volverá a celebrarse con la presencia de más de mil vecinos de Abegondo.

En “Mínima autobiografía de la exiliada hija”, María Rosa Lojo se refiere a su vida como hija de un gallego y una madrileña exiliados en la Argentina. Sobre su padre, exiliado gallego, escribe: “El auto exiliado abandona un mundo donde cree que ya no podrà crecer humanamente, donde la violencia ha cambiado todas las reglas del juego para instalar un nuevo orden al que se siente ajeno. No lo sabe aùn, pero de todas formas quedarà cautivo de la tierra que deja. Antonio Lojo Ventoso, mi padre, era uno de esos exiliados. Para èl ya habìa pasado lo peor: el riesgo de fusilamiento, la càrcel, la ‘redenciòn de penas por el trabajo’. Sin embargo, se despidiò de los castañares centenarios y los caminos de piedra. Cediò a un hermano sus derechos sobre las fincas que le tocaban –magras por cierto, como miembro de una familia numerosa-, hizo las valijas y cruzò el ocèano. Dejaba negocios equivocados y proyectos irrealizables. Dejaba también (aunque de eso me enteré después de su muerte: era un hombre pudoroso) una cierta reputación juvenil de ‘mala cabeza’, y de playboy coruñés, que fascinaba a las muchachitas y escandalizaba a sus madres. Dejaba una España que para sus ojos había retrocedido siglos en el tiempo, donde no cabía la dimensión de su deseo. El futuro estaba afuera. Había resuelto que en las nuevas tierras haría otra cosa, y sería, casi, otra persona” (7).
Mito Sela evoca, en Babilonia chica, a un inmigrante pintoresco: “Creo que su nombre era Fermín o Félix o Fernández. O algo parecido. No queda ya nadie que pueda proporcionarme la información. Era gallego, viudo, con una hija fea y petisa como el padre, cuya función principal era servirle mate mientras él cortaba el pelo a un cliente. Recuerdo al peluquero no sólo porque era muy feo y su cara arrugada que daba miedo, sino por el hedor del cigarro que siempre, siempre estaba en su boca y las bocanadas de humo que despedía y yo recibía en plena cara. Mis recuerdos, la verdad sea dicha, se basan más en el olfato que en la persona” (8).
Acerca de De ayer a hoy: La actuación profesional de un dirigente de empresa con principios, por Manuel Cao Corral, afirma Alicia Regoli de Mullen: "Este ser extraordinario relata, con una extraña mezcla de objetividad y sentimiento, las múltiples vicisitudes y las regocijantes experiencias que le fue dado vivir a lo largo de varias décadas de labor incesante. (...) Una fuerza ancestral que Manuel Cao Corral con gran afecto pretende deberle a sus antepasados gallegos, lo ha llevado al éxito en empresas que parecían un sueño imposible. Estas páginas se recorren siempre con admiración, y en ocasiones con una sonrisa de complicidad" (9).
En Retratos (10), Carlos Penelas evoca a inmigrantes y argentinos, a personalidades y a gente común. Todos ellos merecen su lugar en esta galería que está ubicada temporalmente, en su mayoría, en la adolescencia y la juventud del escritor. Es en esa época en la que pudo atesorar los testimonios que prodiga en estas páginas.
CORRERÍAS EN CELEIROS
Publicado el 15 de Noviembre de 2008 por María González Rouco
por JOSÉ MARÍA PÉREZ FEIJÓO
Buenos Aires, Xunt.ar, 2009
Prólogo
“La búsqueda del Paraíso Perdido”
Novela autobiográfica, libro de memorias de una infancia transcurrida en el terruño gallego de Celeiros, que constituye el universo total en donde un niño atento, curioso y observador irá demostrando su capacidad intelectual, frente a las adversidades de la vida pueblerina.
La narración realista se despliega en interesantes cuadros de costumbres que describen el humilde lar, donde bulle la vida.
Un centenar de personajes atraviesan este periplo iniciático del niño amedrentado por la ausencia de su padre, que habiendo sobrellevado los avatares de la guerra civil española, se fue a Cuba sin despedirse de su mujer y de sus hijos.
La interacción con su familia, integrada por la madre, la hermana, abuelos, tíos y vecinos, le permite al protagonista ir explorando, descubriendo y conquistando su identidad en el plano de lo afectivo.
Podemos observar escenas sumamente pintorescas descriptas con precisión, utilizando una prosa ágil, con tintes de humor, así como también, con un tono de melancolía.
En 1963, un niño de trece años, etapa en que se va anunciando la pubertad, llega a bordo del Laennec. Cada espacio recorrido es un despliegue de sensaciones y sentimientos. El fuego de la ‘lareira’ simboliza el abrigo y la iluminación de la esperanza. Aún en la precariedad de la subsistencia, el afán por vencer el frío, en los crudos inviernos de la región, el amor y la solidaridad se erigieron en los ejes vertebrales que favorecieron el crecimiento de este niño obediente y a veces, taciturno, que sentía enorme placer estando en contacto con la naturaleza impregnada de aromas inolvidables. El paisaje del campo y del bosque aparece como cuna y sostén en donde se entretejerán travesuras con otros niños.Las costumbres domésticas en la limpieza de la casa, el cuidado de los animales, la preparación de los alimentos se comparten en una aldea del monte gallego.
En los diálogos se incluye la lengua coloquial gallega que pone de relieve su musicalidad y dulzura, para exaltar los aspectos de rica sensorialidad que se plasman a los largo de todo el libro.
La experiencia de la guerra, contada por su padre, los primeros duelos, el despertar de la sexualidad se amalgama al tesón y perseverancia por la afición al estudio. Las enseñanzas del maestro son dignas de figurar como modelos pedagógicos,en estos tiempos de la Postmodernidad, ya que los v alores y principios ocupan un primerísimo plano.
La galería de personajes nos muestra diferentes facetas de la condición humana, virtudes y pecados de hombres y mujeres que viven en una comunidad que gira alrededor de los ritos litúrgicos del catolicismo y las fiestas patronales.
La espontaneidad del relato en los juegos tradicionales y las muiñadas merecen destacarse como piezas de antología.
La voz del narrador se instala en la perspectiva de un niño que conoce a fondo las tipologías de lo femenino y lo masculino, de una sociedad de mediados del siglo XX en la que predominan los roles paternalistas y autoritarios.
Correrías en Celeiros se inscribe en el marco de la literatura de la inmigración española en Buenos Aires, con el hechizo de la morriña y la añoranza de las meigas.
Damos la bienvenida a esta ópera prima de Pérez Feijóo, que seguramente deleitará a los lectores más exigentes.
Cristina Pizarro
Buenos Aires, 14 de noviembre de 2008.


UN CUENTO DE GALLEGOS

autor: ernesto ordoñez.
editor: dunken editorial

con clara espontaneidad se desgranan los recuerdos del autor, que se inicia en las letras con ésta, su opera prima.ernesto ordoñez emprende un interesante recorrido que abarca desde su galicia natal y sus recuerdos más lejanos, hasta los días de la actualidad.una privilegiada memoria le ha permitido conservar infinidad de detalles que contagian a su relato, un clima que va desde la suave nostalgia hasta el humor más delicado.sus ojos captaron en aquellos momentos, variados aspectos de la vida cotidiana desde ese lugar irrepetible que son los ojos de un niño. y así, van desgranándose sus recuerdos, como en una cascada, saltando por encima del tiempo y conservándolos con la misma ternura y emoción que cuando sucedieron.un vistazo que llega hasta los días actuales.por eso, este libro encierra mucho más que una autobiografía, porque más allá de los hechos, el autor ha podido captar la resonancia que el correr de la vida tuvo en la mente de ernesto – niño. y ha sido capaz de transmitirla con toda la calidez de su personalidad.
Dic 11

Un puente azul
El próximo viernes 20, desde las 18.30, en el Salón Arturo Cuadrado


El Museo de la Emigración Gallega en la Argentina (MEGA) y la Federación de Asociaciones Gallegas invitan a la presentación del libro “Un puente azul”, de Consuelo Bermúdez, el próximo viernes 20 de septiembre, a partir las 18.30, con entrada libre y gratuita.
Compartirán el encuentro con la autora, a desarrollarse en el Salón Arturo Cuadrado (Chacabuco 955 – 1º piso, San Telmo), el titular de la Federación y director del MEGA, Francisco Lores Mascato, la poeta y escritora Marita Rodríguez-Cazaux, y el destacado divulgador de la colectividad, Ramón Suárez “O Muxo”.


De reciente aparición, “Un puente azul” es un intenso trabajo escrito en primera persona, que revisa los cajones de los recuerdos para dar cuenta de testimonios e historias íntimas que no merecen quedar en el olvido.
En la contratapa de su libro, Consuelo Bermúdez subraya que “si yo no hubiera atravesado este puente azul que pa “si yo no hubiera atravesado este puente azul que para mí es el Océano, no habría extrañado tanto el mundo de mi infancia gallega ni habría conocido mi destino americano que me esperaba con experiencias tan sorprendentes”.

Una experiencia tan fuerte como la de la inmigración tenía que reflejarse en la literatura. Algunos inmigrantes y exiliados recurren a periodistas que les ayudan a dar forma a su historia; otros, la escriben adoptando nombres ficticios que ocultan a los verdaderos protagonistas; unos más - entre los que se cuenta Consuelo - la ofrecen a los lectores tal cual la recuerdan.
Para qué escribir memorias? Hubo quienes, en los albores de nuestra vida como nación, las escribían para justificarse. Más tarde, los hombres del 80 las escribieron para mostrarse como miembros de una elite y para marcar las diferencias entre la sociedad de antaño y la que veían con mirada reprobadora.
Consuelo escribe para sus hijos, nietos y sobrinos, para sus hermanos, para sus paisanos, para que no queden en el olvido tantos hechos tan íntimos y tan ejemplares de esta gallega que empezó a trabajar a los ocho años, que debió abandonar su tierra, y que sin embargo, es tan alegre... Escribió en español y en su idioma, en prosa y en verso, y siempre logrando en el lector la misma emoción.
Si tuviera que elegir una página que condensara toda la obra, sin duda escogería el poema "Adiós", emblema de este libro pleno de amor, de afán de superación, de esperanza, como lo es la inmigración que desde Galicia llegó a la Argentina.



Notas
1. Cané, Miguel: Juvenilia. Buenos Aires, CEAL, 1980. (Capítulo).
2. Mansilla, Lucio V.: Mis memorias. París, Casa Editorial Garnier Hermanos, 1904.
3. "El vigor de las colectividades 1914-1930", Crónica, 1992.
4. Varela, Luis: De Galicia a Buenos Aires –Así es el cuento-. Buenos Aires, el autor, 1996.
5. Onega, Gladys: Cuando el tiempo era otro. Una historia de infancia en la pampa gringa. Buenos Aires, Grijalbo-Mondadori, 1999.
6. Duche, Walter: “Todos tenemos derecho a escribir nuestra historia”, en La Prensa, Buenos Aires, 18 de julio de 1999.
De Abegondo para el mundo El Concello estrenará su lista de hijos predilectos con los hermanos Longueira, emigrantes que triunfaron en Argentina Toni Silva 23/4/2010 la voz
7. Lojo, María Rosa: “Mínima autobiografía de una ‘exiliada hija’ “, en Sitio Al Margen Revista Digital. Noviembre de 2002.
8. Sela, Mito: Babilonia chica. Buenos Aires, Milá, 2006. 112 pp. (Imaginaria).
9. Cao Corral, Manuel: Buenos Aires, 2007.
10. Penelas, Carlos: Retratos. Buenos Aires, 2008.
11. Pèrez Feijoo
12. Ordoñez
13. Consuelo