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Prólogo

Manos sensibles tocan la tierra. Es un campesino, un hombre que habla del nacimiento, del misterio del mar, de los mitos. El árbol, el pájaro, la humedad de la tierra son los verdaderos dioses lares que enseñaron y guiaron los pasos en la sabiduría natural, en la realeza del espíritu. Su mundo nutre el sentir, el pensar. Hesíodo sabía el nombre y las cualidades de los frutos, el color del bosque, su relación con los astros, el itinerario de las voces peregrinas.
Descubrimos en la introducción -donde la autora recuerda nombres y lugares, el exilio y el destierro- zonas interiores de seres que viajaron o se quedaron en Galicia. Ellos desplegaron su magia ante nuestros ojos. La infancia, la evocación de la infancia, la esperanza, la ilusión, la falsa justicia, la fantasía. Con estos símbolos llegaron a nosotros esos seres, enriqueciendo y aportando nuevos valores. Introducción breve que nos presenta el contexto de historias intimas.
Luego los cuentos. Islas cordiales de galleguidad, puertos serenos, climas y categorías de la emoción. La palabra es fundamento de la condición del ser humano, desde ella elevamos el sueño y el recuerdo, aquello que fuimos o quisimos ser, una parte del otro, las raíces que suelen llamarnos en la soledad. Sus cuentos tienen nostalgia, ternura, honestidad. Nos hablan desde nuestro interior, desde la voz ancestral que los protege. María González Rouco protege a sus personajes con sencillez, los cobija.
Hay en sus cuentos y en sus poesías recatada ternura. “ La Poesía aspira a expresar lo universal; la Historia lo particular”, escribió Aristóteles. En su prosa, impregnada de lirismo, vemos la simbiosis perfecta entre una aldea de Galicia y Buenos Aires. Interioridad que se vuelve emblema del mundo; un mundo con injusticias sociales que dejan ver solidaridad, amor, esperanza. Nos descubre universos ricos en matices, levedad, contradicción. Aquí las pequeñas epopeyas cotidianas, la fuerza moral que nos obliga a sobrellevar la injusticia y la miseria. Un homenaje a los gallegos que tuvieron que abandonar su tierra y llegaron a estas costas para generar sueños, mitos; otro tiempo sensible a la mirada, a las fotografías, a las correspondencias. Necesario testimonio de vida desde la narración clara y precisa de González Rouco.

Carlos Penelas / Buenos Aires, mayo de 2009